Escenografía de lujo

 

Una pequeña garcita nevada (Egretta thula) acecha las aguas bajas en busca de algún pececillo desprevenido que convertirá en su merienda. Las curiosas formaciones que le sirven de marco han sido labradas por la acción del viento y las olas sobre la áspera roca volcánica. Hoy, este singular escenario –situado en el extremo norte de la caleta Ancupita– ha sido escogido como dormitorio por una nutrida colonia de garzas y chuitas.

Al cielo se llega a remo

 

Una lengua de mar de aguas cristalinas y siempre calmas, incluso durante los peores oleajes, acoge a los marineros en Quebrada Honda, una de las playas secretas de la costa arequipeña. Llegar hasta aquí implica, al menos, una hora y media de navegación por un mar lleno de sorpresas, que incluye manadas de delfines, divertidas nutrias marinas y bandada de guanayes y alcatraces en viaje eterno hacia los grandes cardúmenes. Pocos lugares son tan buenos para pasar unos días alejado del ruido, los celulares, correos electrónicos y el tráfico de las ciudades. Una buena bolsa de dormir, un toldo para guarecerse del sol de mediodía y una parrilla para preparar un buen pescado y mariscos que son aquí abundantes. Eso sí, el vehículo perfecto para recorrer estas costas es el kayak. Lo invito a remar conmigo por este paisaje de cuadro.

Honor al mérito

 

Al sur de la playa de Quilca (a las afueras de Camaná) y al norte del puerto de Matarani, se extiende una zona de costa casi virgen, poblada por caletas naturales y ensenadas perfectas de agua calma y transparente. Las rocas de granito y los cerros de arena volcánica confieren a esta región una encanto todavía más singular. Se trata de uno de los tesoros mejor guardados de la costa arequipeña: un fantástico rosario de playas de ensueño a las que solo es posible acceder desde el mar. Una de ellas, conocida como bahía Honoratos, destaca por su belleza: compuesta de dos pequeñas playas de arena que rematan una ensenada profunda y resguardada del viento.

Vigía en blanco y negro

 

Como si se tratara de un muñeco de peluche, un pingüino de Humboldt (Spheniscus humboldti) observa curioso el horizonte desde lo más alto del islote Hornillos, al norte del puerto de Matarani. Su figura sirve de escala para calcular el tamaño de las enormes rocas cubiertas por guano de isla blanqueado por el sol. Visto a la distancia, el promontorio que emerge de las aguas frías y azules parece una apacheta gigante colocada por manos invisibles en medio del Pacífico. Los pingüinos, al igual que los lobos marinos y varias especies de aves, han encontrado aquí un refugio para reproducirse a salvo de la acción depredadora del hombre.

Secreto bien guardado

 

Muy pocos lo saben, pero el departamento de Arequipa posee el litoral más largo, despoblado y desconocido de la costa peruana. Se trata de más de quinientos kilómetros de playas de arena que parecen nunca acabar; roqueríos y acantilados que, cortados a tajo, ocultan las más bellas caletas de pescadores artesanales; fértiles valles que mueren justo sobre las olas y vestigios de culturas prehispánicas a sólo un par de metros de las aguas frías y azules. No por nada los arequipeños se jactan de poseer una costa de maravilla. Durante los siguientes cinco días, en que estaré viajando por Madre de Dios, mi hijo Mark tiene el encargo de colgar una foto –y su respectivo texto– cada día. Es mi tributo personal a una de las regiones más bellas y mágicas de este Perú que no deja de cautivarnos.

Full estrés

 

Son las seis y media de la tarde y ando atascado en el tráfico imposible de la avenida Javier Prado. Una ambulancia suena su sirena intentando, infructuosamente, abrirse paso entre la maraña de autos clavados en el mismo lugar desde hace 15 minutos. Una combi, repleta de pasajeros, ha trepado una llanta a la vereda y avanza inclinada sobrepasando a una decena de automovilistas que estallan en indignación sonando sus bocinas. La densa garúa limeña, esa que enfría pero casi no moja, ha desplegado su manto gris sobre esta ciudad que amenza con tragarme y volverme gris también si no llego a casa pronto. De repente suena el teléfono y es mi compadre, que me llama desde la terraza de su casa de Punta Sal y me describe el atardecer perfecto que está mirando… ¡lo quiero matar! Bueno, aquí va la imagen el atardecer que sí pude ver hace algunas semanas en Punta Sal. Salud compadre.

 

Retrato en dorado

 

La silueta de un rayador (Rynchops nigra) recortada sobre la luz dorada del atardecer parece danzar en la orilla del mar de Asia. Los rayadores son aves gregarias que forman bandadas en las playas arenosas de nuestra costa (existe también una población que vive en la Amazonía). La extraña configuración de su pico –la mandíbula superior es más larga que la inferior– está diseñada para su singular forma de alimentarse: vuelan suavemente con el pico abierto cortando (mejor dicho, “rayando”) la superficie del agua. Cuando sienten una presa cierran el pico instantáneamente capturando al desprevenido pez.

La piel del desierto

 

En ciertas zonas del desierto del sur, allí donde la costa se desbarranca en el mar más frío y azul de nuestro litoral, existen dunas de arena tan fina que se hace imposible caminar sobre ellas. Son lienzos donde el viento de la tarde dibuja trazos juguetones, efímeros y viajeros. Es arena volcánica, llegada hasta aquí desde lugares distantes para embellecer y seguir viajando. Es magia para la vista, cuando se retrata con la luz del sol que se pone en el horizonte.

Poder

 

Martes 8:30 am. Toda la fuerza y poderío del mar de la ensenada San Fernando se estrella contra los islotes que se desparraman en este rincón salvaje del desierto iqueño en que el mar se encuentra con la arena. Desde hacía dos días vientos de más de treinta nudos, conocidos localmente como paracas, castigaron inclementemente esta parte de la costa obligando a sus criaturas –lobos marinos, pingüinos, nutrias y aves guaneras– a buscar refugio en las salientes y puntas más resguardadas. Incluso los grandes cóndores, habitantes frecuentes de estas soledades, parecían rehusarse a volar entre las poderosas ráfagas heladas que llegan del Pacífico. Para quienes tuvimos la suerte de observar este espectáculo, aunque sea brevemente, no hay otra sensación que el estremecimiento ante el poder de la naturaleza.

Alfredo más arroz!

 

Camaná es la capital del arroz. Este amplio valle de la costa sur peruana es un verdadero oasis en el árido desierto costero dedicado al cultivo del insumo más popular de la cocina peruana. Los camanejos producen un arroz de excelente calidad, pero dicen que son mejores los platos donde se luce combinado con otro de sus productos estrella: el camarón. En Camaná el tiempo no se mide con las estaciones sino con el color de sus campos: verde para los almácigos en primavera, amarillo para la cosecha en verano, negro luego de la quema del rastrojo en otoño y marrón cuando la tierra barbecha en invierno. La imagen muestra a un par de campesinos cargando un camión con la cosecha lista para el molino.

En un esfuerzo por devolver algo de lo mucho que me regala este país maravilloso, comparto con ustedes las mejores imágenes -e historias- de mis viajes por el Perú. Espero que los cautiven y sorprendan tanto como a mí.